De Corazón y Alma, recuerdo a Carmen Chacón por @AmparoRubiales

A Carmen Chacón

Era amiga de Carmen Chacón desde hacía pocos años; teníamos muchas cosas en común: políticas, socialistas, feministas, laicas, federalistas, doctoras en Derecho, profesoras de universidad, abogadas… Nuestras vidas son, por otra parte, muy diferentes porque, además de la geografía, nos separaba la edad. Carmen podría haber sido mi hija, pero fue mi amiga, porque una hija/o pueden serlo todo, menos amigo/a. Alguna vez se lo comentaba y una noche llamó a su madre para que hablara con ella; así la conocí.

Este artículo lo he titulado De corazón y alma porque, hace pocos meses, leí la correspondencia entre Elena Fortún (Madrid 1886-1952) y Carmen Laforet (Barcelona 1921-2004), que, aunque nada tienen que ver con nosotras, ellas fueron escritoras, había una diferencia de edad notable, mayor aún que la nuestra; se conocieron tarde y se vieron pocas veces, pero forjaron una amistad “de corazón y alma”, que emociona al leer su correspondencia. “Tocamos, a través de esas cartas, escribe Nuria Capdevila-Argüelles, una de las prologuistas del libro, -las otras son Cristina y Silvia Cerezales Laforet-, ese tapiz que es la genealogía y el camino de nuestro feminismo, aún por descubrir en su totalidad. Ellas son nuestra memoria”.

Conocí a Carmen, o Carme -de ambas maneras la llamábamos, y respondía con naturalidad, igual que le hablaba a su hijo, Miquel, en catalán, y este a su padre, Miguel, en español- en la legislatura de la mayoría absoluta de Aznar (2000-2004). Yo era vicepresidenta del Congreso -ella lo sería después-, pero coincidimos poco; era una joven y activa portavoz socialista de Educación, pero apenas tuve con ella ninguna amistad.

En el 2004 “dejé” de ser diputada porque un machito con poder orgánico decidió que llevaba muchos años y que debía retirarme, por eso no celebré con ella sus nombramientos de ministra. Coincidimos en alguna tertulia televisiva, cuando ella era vicepresidenta del Congreso; reeditó una publicación sobre el debate de la consecución del derecho al voto en la Segunda República, que se había editado, por primera vez, siendo yo vicepresidenta y se enamoró, como yo, de Clara Campoamor.

Su imagen de ministra de Defensa, embarazada, pasando revista a las tropas (2007), y su maravilloso esmoquin negro el día de la Pascua Militar (2009), para demostrar que una mujer con poder no tiene por qué ir vestida de Sissi emperatriz, son muy poderosas y patrimonio colectivo de esa fortaleza que nos hizo olvidar su cardiopatía congénita, que para ella nunca fue obstáculo.

La crisis del PSOE, consecuencia de la terrible crisis económica de 2008, llevó al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, el que impulsó las leyes más feministas de nuestra historia, a manifestar que no se presentaría a las siguientes elecciones, anunciando el adelanto de las mismas. Carmen estaba dispuesta a ser candidata a la sucesión de Zapatero, haciendo primarias, pero no la dejaron e hizo aquella rueda de prensa, forzada por muchos, en la que afirmó con una emoción que nunca más hizo tan evidente, que lo dejaba porque estaba en riesgo “la unidad del PSOE, la autoridad del presidente y la estabilidad del Gobierno”.

Se convocó el Congreso, que se celebró en Sevilla en febrero de 2012; Carmen, tras sufrir una muy machista campaña mediática, pierde frente a Rubalcaba por 22 votos; un Rubalcaba que acababa de perder 4 millones en las elecciones generales, pero era un histórico, y Carmen, no. Fue la primera muestra que dimos de no saber entender lo que la sociedad española demandaba.

No con todos ocurrió lo mismo, por supuesto. Pepe Griñan, entonces secretario general y presidente de la Junta de Andalucía, apostó decididamente por ella, consciente de que era preciso, como tantas veces repitió, el cambio generacional y de género que Carmen representaba. Andalucía la apoyó sin reservas: Susana Díaz, Mar Moreno, Rosa Torres, Carmen Calleja (DEP) y yo misma, que no tenía ningún poder orgánico, no lo he tenido casi nunca, pero sí experiencia política. Un día, en Sevilla, comimos las dos solas y nos unimos para siempre. Sufrimos la noche del Congreso, y, en otras ocasiones, reímos también mucho y nos conocimos y respetamos siempre. La amistad entre nosotras se mantuvo hasta el terrible día de su muerte.

Carmen dio un paso atrás, noblemente, pero lo pasó mal. Todo le fue muy difícil, pero nunca se rindió. Tuvo mucho cariño como, tristemente, se ha comprobado con su muerte. “Ahora resulta que la aspirante a aquel momento de cambio histórico frustrado era la mejor de las mejores… ¿Hay que morirse para ser reconocido? ¿Cuánto se perdió ese partido, y este país, para relegar hasta aburrir y descolgar a la que ahora elogian como un talento político de primer orden?”, escribe la periodista Lalia González-Santiago.

Su testamento nos lo dejó en su última intervención, el día antes de su muerte, con una cita de Gioconda Belli: “No hay nada más poderoso que una mujer porque tiene detrás el poder de la Igualdad. Tiene detrás el poder de todas las mujeres”, aunque, lamentablemente, de esto muchas no se han enterado, léase la ministra Cospedal. Su último recuerdo en Twitter fue, por supuesto, para la persona más importante de su vida, su hijo, “el sentimiento más profundo de nuestro corazón”, escribió Elena Fortún. Descansa en paz, compañera del alma, compañera.

Los comentarios están cerrados.